Morir en la poesía


 ~A Otto René Castillo (25 de abril de 1934 - 23 de marzo de 1967)


 

Está nublado, estoy en la terraza de mi casa. Me he servido un pocillo de café y comienzo a navegar en mi computadora portátil. No sé cómo encuentro el nombre de Otto René Castillo. Tardo unos segundos en reaccionar. Hago clic sobre el enlace y salto a una página con su biografía y algunos poemas. Quito la mirada de la pantalla y miro mi pocillo de café. El humo cenizo va tomando forma. Praga vuelve a mí.

Corría el año 1966. Todos estábamos aquí por el Festival Mundial de la Juventud. La conversación, bautizada con café, té, vino y cerveza a gusto, iba y venía entre chistes, anécdotas y poesía. Sin ponernos de acuerdo, cada uno asumía un turno iniciando un tema o reaccionando a un planteamiento. Repasamos a cada uno de nuestros países. Ni en una clase de historia política hubiéramos conocido mejor nuestra espoliada geopolítica americana con tanto amor. Otto, optimista, lleno de alegría, nos recitaba un poema:

Los niños
nacidos
a finales
del siglo
serán alegres.

(Su sonrisa
es de sonrisas
colectivas).

Yo,
hombre en lucha
a mediados del siglo,
digo: a finales del mismo
los niños serán alegres,
volverán otra vez a reír,
otra vez a nacer en los jardines.[1]

Cada uno develó, sin entrar en detalles comprometedores, lo más reciente en la lucha de su pueblo y el trabajo de su organización: uno resumió la masacre de indígenas; otro el enfrentamiento con el ejército de campesinos sin tierras; aquel el enfrentamiento con dinamita de los mineros; el otro la lucha por la autonomía universitaria; varios el avance del movimiento guerrillero; y casi todos hablaron de las nuevas fuerzas políticas en formación en cada uno de sus países. Yo también asumí un turno y hablé de mi Macondo. Traté de explicar que nuestra lucha era por la independencia, parecida pero no igual a la de sus pueblos en el siglo XIX; qué era eso de ser estado, libre y asociado; por qué se mantenía ese agarre ideológico sobre nuestro pueblo que seguía respaldando el colonialismo; cómo represión y asistencia social se mezclaban con cambio económico hasta convertirnos en vitrina colonialista para América Latina y contra la revolución cubana; y cómo, a diferencia de ellos que luchaban por procesos electorales, nosotros lo denunciábamos como una patraña imperialista y planteábamos la abstención electoral. Llovían las preguntas. Parecía que nada de mi discurso se entendía.

Con la interrupción del mozo para servir otra ronda cambió el tema. La mujer, en una combinación agridulce de miel de abeja con angostura de ausencia, soledad y angustia, surgió de las voces de todos. Amor y sexo salpicado de picante política. Y escuchamos a Otto, el bohemio:

Si me preguntaras
qué es lo que más quiero
sobre la anchura de la tierra,
yo te contestaría:
a ti, amor mío, y a la gente
sencilla de mi pueblo.[2]

Así transcurrió la velada hasta altas horas de la noche. Llegó la hora de separarnos. Para muchos, separación total, ya no nos volveríamos a ver más, no tendríamos encuentros internacionales movidos por los hilos de la política. Unos desaparecerían en el clandestinaje urbano y en la guerrilla rural; algunos terminarían en la cárcel y en los cuartos de tortura; y otros, como Otto, morirían en combate. Solo restaría seguir las noticias sobre las luchas de nuestros pueblos, y de ellas extraer, más en la imaginación que de la información, el posible futuro que corrió cada uno de nosotros. Ahora nos entregábamos a vivir como jóvenes, en un paréntesis del rigor de nuestras luchas nacionales; vivir, como bohemios, la oportunidad de atar el placer del diálogo libre, superficial, existencial, con la pasión carnal y el trabajo político tranquilo, teórico, intelectual; y dejar para la partida la preocupación de qué nos esperará en cada uno de nuestros países.

Compañeros míos
yo cumplo mi papel
luchando
con lo mejor que tengo.
Qué lástima que tuviera
vida tan pequeña,
para tragedia tan grande
y para tanto trabajo.

No me apena dejaros.
Con vosotros queda mi esperanza.[3]

Apenas se secan las lágrimas en mis ojos, sin levantarlos de lo más profundo del mundo en que me he sumergido en el pocillo de café. Me llevo la tacita a la boca y de un sorbo lo hago parte de mí. No sé si seguir recordando.

Otto regresó clandestino a su querida Guatemala y a Nora Paíz. Así se llamaba su compañera. No la conocí. Juntos murieron en la lucha guerrillera, ambos combatiendo, ambos junto a trece campesinos torturados y quemados. Recordar la noticia de su muerte, y conocer cómo ocurrió, todavía estremece mi cuerpo.

Atado de pie y manos fue sintiendo el frío de la gillette[4] en su cuerpo. Antes era un roce suave al afeitarse, ahora un frío cortante que, aunque no le dejaba olvidar su macabra realidad, le estimulaba a transportarse a los campos más bellos de su país:

Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.
Yo bajaré los abismos que me digas.[5]

La gillette fue declamando su poema. Primero sintió cómo se abría la planta de los pies, luego el desprendimiento de cada uno de los dedos. El cortante frío se entibió con su sangre. Sintió sed y pensó:

Yo beberé tus cálices amargos.

Y tragó su amargo y cálido líquido, lleno de amarguras, aflicciones y trabajos, y sonrió:

Yo me quedaré ciego para que tengas ojos.
Yo me quedaré sin voz para que tú cantes.

La cólera de los torturadores se incrementó y pensando que era una tortura mayor, alzaron la voz al leerle su poema como música de fondo al recorrido de la gillette. Los torturadores no podían entender aquel rostro ya desfigurado. Parecía intacto, como si cada pedazo se volviera a unir; como si sus ojos trajeran en sí todas las montañas, ríos, valles y cultivos de maíz; como si los campesinos apresados con Otto, en representación de todo el pueblo, les miraran con un odio ancestral:

Yo he de morir para que tú no mueras,
para que emerja tu rostro flameando al horizonte
de cada flor que nazca de mis huesos.

Era necesario quemarlos. El último verso les dio un mandato: nada debe quedar, no puede haber riesgo de resurgimiento, hasta la memoria se debe borrar, u otro será nuestro destino, pensaron. Durante cinco días su boca no parecía morir, por ella se escuchaban las voces de los campesinos torturados y quemados, no eran gritos de dolor, eran de lucha, gritaban al unísono sus reclamos, y denunciaban la suerte que a todos ellos les tocaría. Serían quemados después de descuartizados. Sus gritos gritaban la leyenda maya: de la destrucción surgirá la vida.

Tiene que ser así, indiscutiblemente.
Ya me cansé de llevar tus lágrimas conmigo.
Ahora quiero caminar contigo, relampagueante.
Acompañarte en tu jornada, porque soy un hombre
del pueblo, nacido en octubre para la faz del mundo.

Con voz temblorosa siguieron leyendo, el poema les cantaba el futuro, el epitafio no era para Otto: Ay, patria, a los coroneles que orinan tus muros tenemos que arrancarlos de raíces, colgarlos de un árbol de rocío agudo, violento de cóleras de pueblo. Por ello pido que caminemos juntos. Siempre con los campesinos agrarios y los obreros sindicales, con el que tenga un corazón para quererte. Los torturadores callaron, ya no había nada más que tajear. El último verso se esparció por toda la comarca junto al humo salido del fuego de la hoguera huma: Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.


Notas:

[1] Otto René Castillo, "Retorno a la sonrisa". 
[2] Otto René Castillo, "Respuesta". 
[3] Otto René Castillo, "Viudo del Mundo". 
[4] Se les llamaba por su marca a unas navajas de uno y dos filos que se usaban, entre otras cosas, para afeitarse.
[5] Otto René Castillo, "Vámonos Patria a caminar".


Lista de imágenes:

1-3. Asociación Guatemalteca para la Comunicación, el Arte y la Cultura

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