Los lugares amables como posibilidad política

~A la recién nacida Filippa R. con los deseos de que su vida esté repleta de amabilidad~

Cuando era niña mi padre solía tomar sus vacaciones a mediados de julio para compartir a tiempo completo con mamá y conmigo. Siempre me pedía que le hiciera una lista de los lugares a los que quería ir y yo siempre le decía los mismos: el Parque Luis Muñoz Marín, el Museo de Arte de Ponce, el Zoológico de Mayagüez y el Parque de las Ciencias de Bayamón. Esos deseos de la niñez, en gran medida, han seguido siendo los grandes deseos de mi vida a la hora de decidir qué quiero hacer y cómo quiero compartir con mi gente querida.

La vida me ha dado la fortuna de conocer parques y museos de América Latina, Europa y Estados Unidos. En cada uno de ellos he experimentado una alegría muy parecida a la que, cuando niña, disfrutaba al correr bicicleta con mis padres en el Muñoz Marín. Sin embargo, mis viajes al extranjero, inevitablemente, me hacen lamentar que la vida social en Puerto Rico se haya deteriorado, por diversas razones, entre la apatía gubernamental por invertir en la seguridad y mantenimiento de nuestros lugares públicos y la idea real o percibida de que una está a merced de un acto criminal en cualquier momento y en cualquier lugar.

De hecho, dejé de hacer ejercicios mañaneros en el Parque Lineal de Hato Rey cuando un hombre agredió sexualmente a una mujer allí mismo en el parque y a plena luz del día. Por dicha razón, una de las propuestas que hice a la actual Alcaldesa de San Juan, cuando aún era candidata, fue el programa de “Rutas Seguras para las Mujeres”, para que el Municipio de San Juan asumiera como política pública devolverle la ciudad a las mujeres. Recomendé a Carmen Yulín que, junto a un grupo de mujeres, organizara caminatas de reconocimiento de algunos espacios públicos de la ciudad e identificara junto a ellas qué haría falta para que todas se sientan seguras (iluminación, aceras, sistema de comunicación, guardias de seguridad…). Ciertamente, la iniciativa iba dirigida a que ocupen el espacio urbano, pero podría y debería extenderse a todas las poblaciones.

En su blog "Poder, Derecho y Justicia", la profesora y amiga Érika Fontánez Torres escribió sobre la riqueza de lo que ella denominó lugares públicos amables. Nos dijo:

He pensado mucho en esos espacios y me digo: ¿cómo es que en nuestro país el Borders, ruidoso, hiper-comercializado, desorganizado, hiper-sobre-estimado y sobre-valorizado, se convirtió en el lugar a defender, a añorar?. ¿qué pasó con nuestros 'lugares amables"? ¿por qué nuestros mejores referentes son el Starbucks y el Borders? Me pregunto: ¿cuándo, qué y cómo pasó que nuestro foco de atención, nuestra mejor aspiración, se normalizó en ese modelo, se concentró en la mercancía y renunciamos al espacio y a lo que conlleva esta amabilidad de la que hablo. ¿O es que nuestros lugares públicos amables salieron del panorama o nunca estuvieron en nuestro marco de referencia?; ¿es que dejaron de ser o acaso nunca fueron nuestra aspiración?

Inspirada por las palabras de Érika (y al verme reconocida en ellas), decidí abrir el blog Lugares Amables en Puerto Rico, para que las personas pudieran leer y compartir experiencias al conocer dichos espacios. Ahora bien, un lugar amable no es meramente un lugar dónde se pasa bien. Tal como digo en el blog, un lugar amable es un espacio donde las personas nos podamos encontrar las unas con las otras para respirar, conversar, pensar, compartir, disfrutar del arte y de las cosas sencillas, en calma y armonía. La exhortación es también una invitación política a involucrarnos emocionalmente con el espacio que habitamos junto a otras personas, apoderarnos de él, y vivir plenamente nuestra ciudadanía.

El blog reseña diversos lugares, no todos públicos. En su momento, Érika me alertó que su propuesta invitaba a trascender la identidad de cliente o clienta como requisito básico para disfrutar de cierto espacio. Estoy de acuerdo. No obstante, siento que el hecho de que se cobre por un café, un libro, una entrada o algún servicio no derrota la idea de que podemos acceder a lugares amables sin necesidad de ser meramente clientes o clientas. La realidad es que nada es gratis. Alguién paga o invierte para que sucedan los eventos y para que existan los lugares, ya sea el Estado, alguna entidad privada y/o una persona.

En el blog reseñé la Caravana Cultural de Miguel Zenón como un "lugar amable en movimiento". Allí comenté que no existe actividad cultural sin producción y sin inversión monetaria. No debemos pensar que una actividad por la que no nos cobran entrada es gratuita. Así, la Caravana Cultural fue financiada primordialmente por el propio Zenón, gracias a premios que merecidamente obtuvo como el MacArthur Fellowship y, en diversos grados, por los municipios sedes de los conciertos.

Si bien es cierto que no podemos liberar al Estado de su obligación de invertir en la seguridad y mantenimiento de nuestros parques y otros lugares públicos, también es cierto que nosotros y nosotras podríamos decidir invertir en negocios cuyos dueños y dueñas abrieron con el propósito de ganarse el sustento a la vez que aportan al bienestar social, proveyendo espacios en dónde podamos conversar, escuchar, reflexionar y observar belleza. Por eso cada día es más común ver en las redes sociales espontáneas declaraciones de amor a pequeños cafés, restaurantes, y hasta lugares para alquilar películas en los que la interacción con quienes atienden el lugar y las personas con las que te encuentras es lo que hace la diferencia. Y cada vez es más la experiencia social la que nos lleva a un café de esos, antes que a un Starbucks. Esas experiencias deben incentivarse en nuestro país, aún para las personas que no tengan dinero para comprar cierto producto.

En mi viaje más reciente, me detuve ante la vitrina de una pastelería  que estaba repleta de "cupcakes" verdaderamente hermosos. Justo al lado de la entrada del negocio, había un banquito en dónde me senté para esperar mi transporte. Allí sentada, tuve algunas de las mejores conversaciones del viaje. Las personas, atraídas por la belleza, se paraban a observar, y hablaban conmigo, primero, de los cupcakes y luego de cualquier cosa. Tuve tres breves pero buenas conversaciones con una mujer que me hizo una anécdota sobre el buen comer, una pareja que no paraba de sonreir y una mujer con su niño pequeño. Ninguno de ellos entró a la tienda a consumir. La amabilidad de dichos encuentros me dejó con una sensación de bienestar. Agradecida por la experiencia, entré al negocio. Los cupcakes, por supuesto, también tenían un sabor amable.

* Si conoces un lugar amable dentro o fuera de Puerto Rico y quieres contarnos sobre tu experiencia, visita Lugares Amables.

Lista de imágenes:

1. La autora con su madre Amelia en el Parque Luis Muñoz Marín (1985).
2. La autora en el Museo de Arte de Ponce, (ca. 1985).
3. Laura Beatriz en el Parque Central de Santurce.
4. La autora en el Met Museum de NYC.
5. La autora frente a una vitrina amable en Amsterdam, Holanda (2012).

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